Madrid instala versos en bronce en sus calles
Las inscripciones poéticas en bronce crean un ambiente melancólico y reflexivo en el barrio donde están ubicadas.
Madrid lleva semanas sumido en la tristeza. No hay flores sino musgo en los árboles y bronce en las piedras. En este barrio, el bronce tiene forma de letras que parecen versos y estrofas, las cuales la gente pisa al caminar.
Es primero de abril aunque parece febrero. Un joven cojo y deshilachado esquiva torpemente los versos de bronce, admirándolos mientras la ciudad muestra sus resquicios de invierno. El joven regresa a su apartamento, compartido con otros habitantes que, aunque hablan el mismo idioma, no se comunican entre sí. En su cama intenta recordar los versos grabados en el metal.
Maletas y equipajes pasan por encima de las letras, guiados por una mujer llamada Ella, que parece volar sobre los versos sin cortar mares ni tensar velas. Ella se detiene en un portal elegante, mientras el joven, obcecado en recordar la silueta del bronce, sale nuevamente a buscar los versos a pesar de su cojera y el frío.
El joven regresa a casa y se encuentra con Ella, quien le pregunta si vive allí. Él sonríe y comenta que parece febrero, sin saber qué decir, mientras observa sus ojos y gestos que parecen un verso en sí mismos. La lluvia continúa hasta el siguiente febrero, esta vez lloviendo bronce, y el cielo dorando los árboles con pétalos de musgo y lirios en los paseos.
Ambos se detienen sobre las piedras y miran los versos bajo sus pies, disfrutando de la poesía que habita en la apartada orilla del barrio madrileño.
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