Reacciones en América Latina por la intervención de Estados Unidos en Venezuela
Los países de América Latina manifestaron distintas posturas frente a la intervención de Estados Unidos en Venezuela, que van desde el respaldo hasta la crítica sin propuestas concretas.
Con la formulación de un “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe y su expresión concreta en la captura de Nicolás Maduro, Washington puso fin a décadas de ambigüedad y negligencia benigna, reafirmando una verdad estructural largamente conocida —aunque a menudo negada— en América Latina: en contextos de alta polarización del sistema internacional, el alineamiento en la región no es tanto una elección de política exterior como una condición material de pertenencia al hemisferio occidental.
La reacción regional ante este giro fue elocuente: algunos gobiernos celebraron la intervención, quebrando tradiciones diplomáticas arraigadas; otros manifestaron incomodidad retórica, sin capacidad ni voluntad de articular una respuesta efectiva. En ambos casos, persisten el estupor y la parálisis, evocando la máxima de Tucídides: los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren lo que deben.
Sin embargo, la afrenta estadounidense operó también como un baño de realismo y abre una oportunidad para que América Latina abandone ficciones persistentes —como el no alineamiento o la multipolaridad— y ensaye un alineamiento activo, estratégico y orientado al desarrollo.
Desde esta perspectiva, la Estrategia de Seguridad Nacional no es un ultimátum, sino una invitación a la negociación. Washington busca asegurar cadenas de suministro, desacoplar sectores críticos de China y mantenerla fuera del hemisferio en áreas sensibles. Para ello necesita socios confiables en América Latina y, como muestran episodios recientes de asistencia financiera y diplomática, está dispuesto a retribuir ese apoyo. Se abre así una ventana de oportunidad para que la región deje de estar en el menú y se siente en la mesa.
Un alineamiento eficaz no es subordinación: busca maximizar beneficios económicos y tecnológicos con Washington, fijando límites claros en el respeto a nuestra soberanía. Supone respetar las líneas rojas del hegemón y exigir, a la vez, que no se crucen las propias.
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